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Tragicomedia

De estas historias no hay fotos. Son los momentos raros, tragicómicos y, algunos, bizarros.


Todos los días un muerto:

Viajábamos de Manaus a Tabatinga. A bordo conocimos a Nilson, un hijo de exiliados belgas de 73 años, que reside en lo profundo de Brasil desde que también lo exiliaron. Le preguntamos como era Tabatinga, que nos podía recomendar o contarnos sobre el cruce de ciudades Tabatinga - Leticia (Colombia) y su respuesta fue que Tabatinga (Brasil) era un desastre, que la violencia era exagerada. Que todos los días y noches se matan entre indios de un pueblo y otro, y también se matan por esas cosas de las drogas en una frontera sin mucho control estatal.
Cuando llegamos al puerto de Tabatinga  bajamos del puerto y fuimos al mercado a desayunar. Sentados en la mesa con el desayuno servido vimos que en la calle, a medio metro de la vereda, había un gran charco de sangre fresca de alguien que habían asesinado hacía un par de horitas nada más. Rápido nos fuimos de ahí.

Los viajes en barco:

Fue en el barco de Santarém a Manaus. Entre todos los pasajeros viajaba una viejita muy particular. Era muy simpática y sonriente, a pesar de su severa dificultad para caminar, que se debía a que tenía una malformación en los pies muy parecida al resultado de la reducción de pies de las mujeres chinas.
Resulta que hablaba con migo (y con los demás extranjeros también) en un portugués muy difícil de entender, muy rápido y cuando le pedía que "fale devagar" (hable despacio) ponía cara de: ¿cómo es posible que no me entiendas? sin tener la mas mínima noción de que no hablaba su idioma.
Lo cómico se dio durante un desayuno, en que se acercó con su biblia y me pidió que leyera algunos versículos. Y ahí estaba yo, en un barco en Amazonas leyendo una biblia (UNA BIBLIAAA!!!) en portugués para una viejita, que cada vez que yo finalizaba un párrafo, o ella decidía que yo terminaba, exaltaba el ambiente con un fuerte "gloria a Deus". Cuando decidí que ya era suficiente, me lo agradeció cantando canciones de la iglesia evangélica, que terminamos coreando varios de los viajeros de otros países.

Blanca Popayán:


Había tomado ron un par de veces, claro, un Cuba libre en algún boliche, nada más, pero ese primer Sábado en Popayán sería diferente. Resulta que Hernan, un compañero de viaje durante esos días, tenía un amigo que mandó a su hermano para que nos llevara a "tomar algo" por ser Sábado a la noche.
Nunca me imaginé que ese tomar algo era tomar ron puro en shot y nada, nada más.
La noche, genial, muy divertida, la vuelta... te la regalo.
Completamente ebrios llegamos como pudimos a la plaza principal, desde dónde nuestro hostel quedaba a unas 5 cuadras. El problema no eran las 5 cuadras, si no que, ante una plaza completamente simétrica y todos sus alrededores pintados de idéntico blanco, nuestra brújula no fue muy precisa que digamos.
Y entre "Es para allá" - "No!, que es para allá" - "No boludo!, te digo que es para acá"- se nos perdió Hernan (que fue por el camino correcto) y quedamos Rodrigo y yo vagando por el centro sin encontrar el rumbo hasta no sabemos que hora ni por dónde, peleando con los taxistas que nos querían cobrar muy caro, absolutamente perdidos, sin que nadie nos pudiera decir bien para dónde había que caminar, hasta que subimos a un taxi y nos fuimos al hostel. FIN.



Bienvenidos a Colombia:

La mala fama de Colombia se funda en el tráfico de drogas y la prostitución de adolescentes.
No es como el imaginario común lo describe, que en cada esquina se puede comprar cocaína y una chicuela, nuestra entrada a Colombia fue algo morbosa.
En ese entonces viajaba con Rodrigo desde Quito. Entramos a Colombia de madrugada y pasamos la noche, esperando la mañana para poder hacer dedo, junto al policía que "controlaba" el tránsito de ingreso. Ese policía era un chico de no mas de 21 años que se pasó largas y frías horas jugando al Counter Strike en su notebook.
Llegamos hasta Pasto y tratamos de hacer dedo hasta Popayán, que era nuestro destino. No funcionó, así que por lo menos conseguimos un bondi a mitad del precio que costaba en la terminal.
Resumiendo, viajamos con dos mulas (traficantes de cocaína que regresaban de Tulcan, dónde habían realizado una entrega). Y por mas que suene violento, eran dos chicos comunes y corrientes, sin armas y tranquilos, que nos contaron su oficio como si se tratara de ser panaderos.
También nos acompañaba una chica de unos 18 años, que vivía de su cuerpo.
Y por último también había un artesano, que cada vez que el bondi hacía una parada, él subía  con 3 latas de cerveza, por lo que después de 3 hs de viaje ya venía en estado de ebriedad.
Hasta que al conductor se le ocurrió dejarlo bajar a comprar una botella de aguardiente y todo se enturbió. Al artesano borrachín no le cayó nada simpático que yo no quisiera tomar aguardiente, entonces nos empezó a tratar de argentinos maricas, desagradecidos, que se creen que son europa y otra tonelada de incoherencias. Terminó todo bien, pero no sin antes estar al borde de una situación violenta.

Pero lo que hay que remarcar es que el problema no lo ocasionaron los traficantes, ni la señorita, que realizan actividades ilegalísimas y estigmatizadas, si no un borrachito consumidor de una de las drogas mas adictivas y socialmente aceptadas como el alcohol




Que te corra un toro:

Esto fue en Ecuador. Pegado a la ciudad de Cuenca está el Parque Nacional Cajas, en el que se pueden avistar una gran variedad de aves, también bosques de quinua (árbol de papel) y cientos de lagunas.
Fui al parque con la idea de entrar por el extremo Oeste, en Huagrahuma, y hacer una caminata de 6/7 hs para llegar al lugar indicado para acampar, pasar la noche, y al otro día continuar caminando hacia la salida del extremo Este.

Llegué tempranito, a las 08:30 am ya estaba caminando. Lloviznaba primero, llovía después y recontra llovía cuando llevaba 1 hora caminando. Barro, frío, lluvia y yo con mi mochila, hasta que me encontré con un sendero muy, muy embarrado y rodeado por agua. Para cruzar, una sola opción: un caminito hecho con troncos que pasaba por el medio de los dos charcos grandes. El problema: tres toros grandotes tomando agua y descansando muy cerquita del puente.
Y bueno, para no aburrir... Me saqué la mochila y me fui acercando de a poquito a los toros para ver como reaccionaban, si eran mansos y podía pasar, o si mejor me daba media vuelta y me iba a mi casa.
Me miraban detenidamente, pero no decían nada (cuak). Y así me fui acercando, y ellos sin decir nada, hasta que uno dijo, o hizo. El toro mas grande me toreó -por que eso hace un toro- ... yo me frené, y el toro rebuznó e hizo ese clásico gesto con su pata delantera derecha que indica que te esta por correr. Y así fue, me corrió, y yo corrí y él corría atrás mío, hasta que después de una maratónica carrera en la que debo haber batido el record olímpico de los 25 metros llanos (si es que existe), salté por encima de un alambrado y el toro ya no me corrió.

Me embarré todo, me mojé mas, no podía seguir, así que me volví a tomar café y dormir una siesta calientita tapado por 3 frasadas.

1 comentario:

  1. que historias tan originales y chistosas me gusta lo que dices de colombia

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