Translate/Traducir

martes, 22 de abril de 2014

Choroní candombero. Chuao chocolatón. Mochima para el olvido. Venezuela: tercera parte.

Dejar Cayo Sombrero no fue tarea fácil. El solo hecho de pensar en volver a pisar una ciudad y lidiar con los buses, el tránsito y la gente apurada me ponía de los pelos. Salir de esta isla significaba volver a ponerme zapatillas y eso no me simpatizaba en absoluto, pero había que seguir.
Entonces miramos el mapa, escuchamos recomendaciones y pusimos rumbo hacia Choroní, muy cerca del corazón de cacao de Venezuela.
Viajar en buses de corta distancia en la República Bolivariana es todo un tema. Hay que respirar profundo, tranquilizarse mucho (o hacer una meditación budista) y hacer todo lo posible por que nada afecte tu estado de ánimo y tener siempre una sonrisa, aunque tengas que sobrellevar situaciones de lo más absurdas e incoherentes. Los únicos buses que recorren el tramo de dos horas desde Maracay a Choroní, son esos autobuses escolares estadounidenses de los años 80 convertidos en discos de reguetón rodante que deben contorsionarse en cada curva del camino para poder transitar por la ruta de montaña, absolutamente inapropiada para éste tipo de vehículo.
Choroní, en realidad, es una consecución de quintas y casas al costado de la ruta con una pequeña aglomeración cerca de la costa, pero cuando se llega a la población principal, que es cuando uno cree que llegó a Choroní, ciertamente se llega a Puerto Colombia. Solo los separa un cartel elevado sobre la calle principal que da la bienvenida al pueblo desconocido, absorbido por la generalización de la zona bajo el nombre de Choroní. Así que cuando escuchen que alguien estuvo por el malecón de Choroní, a decir verdad, estuvo en el Malecón de Puerto Colombia.






















Puerto Colombia es un hermoso caserío colonial, lleno de hostales decorados en ese estilo y calles tranquilas, rodeado de bellas playas y negros tamborileros que definitivamente te harán retumbar el pecho de emoción en una tocada en el malecón. Acá nos dedicamos a descansar, dormir en camas con colchones y ventilador, bañarnos y disfrutar de la fruta en abundancia, pues, por si no lo recuerdan, las últimas dos semanas habíamos estado en Cayo Sombrero, sin bañarnos mas que en el mar y durmiendo en carpa y hamaca.

Chuao fue mi lugar favorito de Venezuela. La diferencia mas notoria con el resto de los pueblos y ciudades dónde había estado hasta el momento, fue ver sonrisas en los rostros de quienes saludaban al pasar o atendían los mostradores de las tiendas, los restaurantes de empanadas y a quienes simplemente le pedía una indicación. No tiene aguas paradisíacas ni mucho menos, pero es uno de esos lugares que tiene mucho ambiente, dónde es el entorno el que te invita a quedarte, como siempre, mas de lo planeado (aunque a estas alturas seguir hablando de planes me parece absurdo, pero...).
Como dije en el post anterior, durante toda mi estadía en Venezuela, me sentiría en ese estado de "todo está bien y así se va a quedar", así fue. Chuao tiene una playa extensa, de unos 3 kilómetros, enfilada de pequeñas posadas y restaurantes, al final de la misma es dónde se puede acampar y colgar la hamaca de las palmeras frente al mar. Pero el pueblo no es solo eso, si no que la población principal, rodeada de las plantaciones de cacao, se encuentra 5 kilómetros hacia adentro, que se pueden transitar caminando o en la caja de una camioneta por cinco bolos.



De Chuao sale el mejor cacao del mundo, que luego de ser cosechado y secado por el trabajo comunitario de mujeres, por que solo las mujeres son quienes trabajan el cacao, es exportado a países del viejo continente dónde se convertirá en chocolate industrial adornado con nombres de fanfarria y etiquetas doradas y vendido a precios irrisorios. Pero por suerte hay una tienda de chocolate hecho en socialismo dónde me dí un atracón chocolatero que jamás voy a olvidar.




Pero volviendo a la playa y lo del ambiente que la rodeaba. Hippies, malabaristas, músicos, artesanos y los que no saben hacer nada de eso, como yo, compartíamos el dasayuno, el almuerzo y los mates, conversando apaciblemente a la sombra o en el agua. El relajo era de no creer. Es de esas cosas que no se pueden explicar en profundidad, sino que se sienten. El ambiente entre viajeros siempre es así, abundan las sonrisas, la despreocupación y las ideas para mejorar el mundo que todavía no podemos poner en práctica, pero con las que todos estamos de acuerdo, pero que, hasta el momento, las implementamos en nuestras propias vidas y si podemos contagiar a alguien más, entonces ese será nuestro aporte. Al viajar se comparte, más de lo que uno cree, y se entablan lazos perdurables mas allá de los tiempos y las distancias, que se generan y se sostienen en el cooperativismo y el desinterés.
Chuao me enseñó que aún existen recovecos exentos de la malicia capitalísta, dónde se puede encontrar un pueblo contento y cooperativo, que no repare en quien tiene más y quien tiene menos.


























Mi casa, mi amada y adorada casa


Otra anécdota importantísiam, fue haber conocido un nuevo y gran amigo, que hasta el día de hoy recuerdo con cariño y ansío volver a ver. Fue un mono, que vivía en el techo de una casa del pueblo y tenía un gran apetito por mi barba, que me arrancaba a los mordiscos y se comía don desesperación.

Luego de 10 días partíamos hacia Mochima dónde nos prometieron una isla parecida a Cayo Sombrero. Cuando llegué, justo el fin de semana, Diego y Sole ya estaban allá. Me encontré con lugar muy reducido para acampar, la pequeña playa mas poblada que un hormiguero, sin lugar para caminar, ni nadar, ni hacer snorkel y sin poder dormir por la noche gracias al reguetón de los yates.

Una noche fue suficiente y salimos para Isla Margarita, ya llegando al final, pero con más paraíso para mochilear.

1 comentario:

  1. chuao es hermosa, porq su gente asi te lo hace vivir! tambien hay otros sitios magicos, yapascua has ido? venezuela es realmente un buen destino de viajes!

    ResponderEliminar

Bienvenido a Facundo en el Mundo