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jueves, 6 de marzo de 2014

Un cayo. Un sombrero. Cayo Sombrero. Venezuela: segunda parte.

Llegar a  Cayo Sombrero  fue la revelación de que esas postales que, hasta el momento, solo había visto en revistas o televisión existían y también eran posibles de encontrar  sin la necesidad de pagar el all inclusive en Punta Cana. El paraíso existía y admitía mochileros.
La costa de Chichiriviche, en el Parque Nacional Morrocoy, fue la primera cachetada que me dieron esas aguas inimaginables y el viaje en lancha hasta la isla fue la trompada que me haría ver la recompensa de todas esas horas bajo el sol al costado de la ruta, de esos años trabajando, de los sacrificios realizados antes de llegar hasta acá. Venezuela sería para mí el país del relajo. No trabajaría, ni vendería postales, ni tendría que rebuscármelas, pues me quedaban dos meses para volver a Argentina y la última reserva de ahorros que habían sobrevivido dos largos y akilometrados años dándole vueltas al continente.

La idea de quedarnos solo 3 días en la isla se desvaneció la primera noche y al día siguiente nuestras provisiones habían sido víctimas del espíritu comunitario. Cayo sombrero es un pedacito de arena elevado sobre el mar que tiene 200 metros de ancho por 400 de largo aproximadamente. Todavía se corroen bajo el agua unos pocos pilotes que alguna vez sostuvieron las casas de fin de semana de los dueños de los ingenios bananeros y los latifundios azucareros, hasta que en 1974 el gobierno fundó el parque nacional, les dio salida a los ocupantes y convirtió la isla en un campo de palmeras sin construcciones y apto para todo público que hoy los venezolanos pueden disfrutar cada fin de semana o rato libre que tengan. Solo hay dos pequeñas cocinas que ofrecen almuerzos y tentempiés (y un poquito de reparo cuando el cielo caribeño desata un diluvio) y un par de baños públicos.






















En Cayo Sombrero comenzaría apenas a comprender lo que significaban los conceptos de abundancia, belleza y popularidad para los venezolanos. Los que vienen a pasar el día traen el doble de lo que pueden tomar y el triple de lo que pueden comer. Para el venezolano, ir a disfrutar su tiempo libre a una playa, incluye tácitamente aprovisionarse en demasía. Quedarse corto con la comida, la bebida y la fiesta es motivo de vergüenza y arrechera (se pudre todo). Esa primera tarde supe cómo se sobrevivían 2 semanas sin salir de la isla en busca de provisiones. Martín y Javier, artesanos, a las 4 pm encienden la alarma y salen a interceptar la retirada de los venezolanos en busca de sobrantes de agua y hielo fundamentalmente (no hay agua potable), pero nunca están de más las gaseosas, las cervezas, el ron y, por supuesto, la comida. Al día siguiente los imitamos y durante los próximos 13 días, solo en una ocasión le encargaríamos unas poquitas provisiones a un lanchero.  Al tercer día las cachapas, las tortas heladas, los almuerzos y los baños nos costarían la mitad del precio turista y a veces hasta no tendrían cargo alguno.

Un día en Cayo Sombrero.
Mientras las chicas cruzan las piernas y se abrazan a las palmeras en poses sexys para que sus madres les tomen fotos y luego intercambien el rol de modelo por fotógrafa, nosotros estamos en el agua desde las seis de la mañana, cuando vimos salir el sol y nos quedamos haciendo snorkel o simplemente en remojo con la playa desierta antes de que el malón comience a invadir el terreno y lo deje repleto de basura. Así es el venezolano, cree que por arte de magia va a desaparecer toda la basura que dejó tirada.
Al mediodía hay que cocinar, luego tirarse a dormir la siesta en la hamaca o bajo alguna palmera. Jugar un partido de fútbol. Los artesanos salen a vender. Después de recibir las donaciones se puede intentar (en vano) bajar algún coco a los piedrazos. Cuando el muelle quedó desierto podemos ir a ver el atardecer y hacer algunas fotos antes de que los mosquitos nos asesinen.
A la noche no hay discusión. Hay fogón, música, a veces ron, piletazos nocturnos y algún romance en la arena con un firmamento alucinógeno como afrodisíaco intergaláctico.



Una tarde hice el intento de arremeter con la venta de mis postales y solo conseguí miradas de reprobación al interrumpir danzas reguetoneras y sorbos de ron, en cambio La China y El Lucio, son sus pulseras y sus cantos, vuelven con el chanchito lleno, comida, cerveza en botellitas y en la sangre.
No tuve otra opción que relajarme y dejarme guiar por esa sensación de que todo está perfectamente bien y pareciera que nada va a cambiarlo.
Una noche mosquitosa, a la luz de un sol de noche, un viejito cuenta historias de una Venezuela olvidada, escondida bajo la alfombra de la modernidad. Otra noche Tito saca su tambor y lo hace rugir junto al calor de las llamas. No puedo evitar imaginarme esas noches libres de los esclavos, tamborileando al rededor de fogones, en los quilombos, en un ambiente muy parecido al que me rodea ahora, solo que con chozas de caña y hoja de palma en vez de carpas.
























Me esperaban dos meses descalzos, no haría otra cosa que descubrir y disfrutar. 

1 comentario:

  1. hola! como se puede llegar desde Buenoes Aires, cuantos dias es conveniente pasar,y en que mes del año recomendas ir, tenemos 14 dias en total de vacaciones y la idea es pasar algunos dias para poder conocer algunas playas lindas incluidas lo roques de los que todos nos hablan, algun consejo? Gracias!!

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