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jueves, 20 de febrero de 2014

Arepas, cachapas, raspao, caribe, socialismo y mujeres de plástico. Venezuela: primera parte.

Palomino, Colombia, Julio de 2013.

Sentado en el capó de su Renault 12 rural, mientras cae la tarde y tomamos tereré de toronja, éste correntino que acaba de salir de Venezuela, se atreve a catalogar a la República Bolivariana como “Un gran video de reggaetón”. Inmediatamente pensé “Guau! Quiero ser un extra en ese video”. De todas maneras ya lo habíamos decidido. Descartando el cruce a Panamá, por el momento, nuestro siguiente paso era la tierra prometida… de las controversias.
Indefectiblemente, las advertencias al borde del infierno, que siempre es el próximo país, se repetían, pero ésta vez con más hincapié, pues no era cualquier país, era Venezuela. Los colombianos me ponen sobre aviso de los peligros de sus vecinos, mientras en la puerta de su casa venden gasolina y harina pan contrabandeadas desde la frontera

                Me animaba a Venezuela no para juzgar defectos y virtudes del modelo, sino solo para conocerlo.  Mi incapacidad para creer todo lo que la televisión dice me empuja a ir a descubrir terrenos con mis propios pies y sentidos.

                En Maicao, un hormiguero de oportunistas, buscavidas, contrabandistas  y wayuus (aborígenes de la Guajira) ambulantes en el limbo del consumo, nos subimos a un Lincoln V8 de los ´80 (taxi) que, con suerte, esa noche nos dejará en la terminal de Maracaibo. El auto atraviesa la ruta al atardecer como un rayo destartalado que en cualquier momento va a descuartizar algún árbol al costado del camino en el mejor de los casos. Al contrario de lo que nos auguraban, los militares venezolanos nos para pocas veces y cuando lo hacen el chofer se apresura a pasarle los 20 o 30 bolos (Bolívares Fuertes, moneda venezolana)de la cometa correspondiente y solo en una ocasión revisan nuestros pasaportes sin más consecuencias que un “Bienvenidos a la República Bolivariana de Venezuela”. Esa noche misma dormimos en un hotelucho contiguo a la terminal y al día siguiente salimos a recorrer un poco Maracaibo hasta que nuestro contacto de CouchSurfing, Andrea, llegue a su casa y nos hospede por seis días. Pasamos la tarde frente al Lago Maracaibo deambulando por el Parque … tratando de no sucumbir bajo el calor insoportable del mediodía. Más tarde salimos a pasear buscando un café con wifi. Caminando en la vereda de una ancha avenida nuestras mochilas no pasan desapercibidas, al menos no para el pasajero de un taxi que nos grita “Guer iu from mai fren”. Respondemos que de Argentina y con un “bah..”  parece perder el interés al no poder poner a prueba su inglés. Nos da la bienvenida a su país y se aleja, pero unos metros más adelante lo volvemos a alcanzar con el semáforo en rojo y lo vemos extender su mano para ofrecernos algo. Son 20 bolos que nos regala y nos obliga: “Chamos se me toman un refresco ahí que éste calor está arrecho”. En el cyber dónde nos conectamos y obtenemos las indicaciones para llegar a la casa de Andrea, la gente se pelea por indicarnos la forma más fácil de llegar, porque estamos un poco lejos. Al intentar tomar un bus nos encontramos, como en Bogotá, que no frenan. No nos quieren llevar por cargar con las mochilas. Al verme despotricar en la parada, un hombre frena y nos dice que subamos a la caja de su camioneta, nos pregunta a dónde tenemos que ir y nos lleva lo más cerca que puede. Al llegar a una avenida por la cual debemos seguir camino, nos indica dónde tomar el próximo bus, pero enseguida recuerda que no nos van a llevar, entonces extiende su mano y nos regala “Unos bolos (30) pa´que cojan carro”. Con éste panorama, la verdad que nunca entendí de dónde venía la mala fama de los Venezolanos.


Maracaibo desde el dpto de Andrea.


                

                 Andrea estudia medicina, es oriunda de Valera, estado de Trujillo y como llegamos durante el período de vacaciones tiene tiempo para dedicarnos. Ella no es chavista ni ferviente opositora. Difícil de encontrar en Venezuela, no está de acuerdo con muchos aspectos del modelo, pero tampoco lo condena, y rescata lo positivo. No explica las dificultades para concluir proyectos en el hospital en el que estudia por culpa de las burocracias, cosa que no me suena extraña ni se me antoja desconocida, y no escatima en demostrar su debilidad por la comunidad afrocaribeña de las costas venezolanas.  Es una chica amorosa, con mucho entusiasmo por mejorar su país. Se deshace de amor cuando nos habla de Choroní, de Chuao, de Valera y de su hermana menor, y agacha la cabeza y se avergüenza cuando le cuento de la falta de simpatía de la mujer que me atendió en el mercado. Propone soluciones simples para su país, basada en el sentido común, el cooperativismo y el respeto hacia el prójimo, pide a gritos el fin de la violencia innecesaria y reclama tolerancia. Después de conocerla, con el tiempo entendería que Venezuela sería muy diferente si las Andreas se multiplicaran.



                Al margen, es su cumpleaños y me doy el lujo de ser artífice y partícipe de la fiesta de cumpleaños más divertida a la que asistí en mi vida. Después de todo, en la austeridad de una vida nómada, no estaba mal un recoveco para hacerme parte de ese “Gran video de reggaetón”.





                
                 La próxima parada fue Mérida. Altura, páramos verdes y gente amable era la promesa. Esa fue una de las cosas mas curiosas que encontré en Venezuela. Los maracuchos (habitantes de Maracaibo) nos aseguraban, al igual que lo harían después en el resto del país: "Allí en Mérida la gente es amable, son mas limpios y lo tratan muy bien a uno". Algunos lo mencionaban con ese tono de desconfianza disimulada propio de quien te advierte de que quizás te maten en ese destino, pero... pero, me está diciendo que me van a tratar bien!!!. A otros se les piantába el tono de orgullo por lo ajeno, pero más allá de quien y cómo lo mencionaba, lo bizarro era que en el mismo país reconocieran que Mérida eran mas amables, limpios y de mejor trato, que aquí o que allá y ¡no se esmeraran por igualarse!. Efectivamente en los andes venezolanos las personas se comportaban diferente que en Maracaibo. Sonreían más, decían buen día, buenas tardes, hasta luego. Fueron más espontáneos para las conversaciones, pero nadie nos regaló dinero en la calle, así que nunca llegué a comprender el origen de esa afamada simpatía de los páramos, reconocida y mencionada, pero no imitada por el resto de los bolivarianos.

Mérida fue fundada en Octubre de 1558, pero luego sufriría un traslado y dos refundaciones hasta que se definió como Santiago de los Caballeros de Mérida. Se podría decir que es la "ciudad de las luces" Venezolana. La más culta, con mayor oferta cultural, teatros, vida nocturna. Ubicada entre los parques nacionales La Culata y Nevado es el highlight del turísmo andino del país.

Nos quedamos una semana en una finca en las afueras y después nos mudamos al centro, a la casa de Nelevis, otra miembro de CouchSurfing que nos abriría los brazos y las puertas de Venezuela.






























Acá fue dónde pude sacarme las ganas de ir a ver un partido de fútbol en otro país. Sabida y vieja conocida la movida de los dólares tanto en Argentina como en Venezuela, hice un fugaz viajecito a San Cristobal, en la frontera con Cúcuta, Colombia. Allí cruzaría solo para retirar mis últimos ahorros del cajero para poder sobrevivir dos meses más deambulando por ahí. Cuento con la suerte de que la mamá de Nele tiene una casa en Cúcuta, por lo que me lleva ida y vuelta en un día a Colombia sin necesidad de hacer trámites migratorios, cosa que me hubiese tomado incontables horas por el inmensurable tránsito que circula por dicha frontera. Así fue que mediante un contacto de Nele, fui con sus amigos a ver el partido Venezuela 2 - Biolivia 2 al estadio del Deportivo Táchira de San Cristobal.
La parte negativa del viaje, fue el anunciado encontronazo con los militares. Tanto de ida como de vuelta, en los retenes decidieron que debía ser sometido a requisas exhaustivas por que es mas probable que el tráfico de drogas lo haga yo antes que los colombianos o venezolanos mismos. Si antes de ir a San Cristobal me preguntaba como podía ser que en los supermercados no encontraba dentífrico, jabón, harina pan, papel higiénico, champú, desodorante y tantas otras cosas más, cuando volví no tenía ninguna duda de que detrás de la escasés generalizada en Venezuela, había un gran negocio de trafico de mercaderías a Colombia. Mientras tanto, al que le hacían bajar los pantalones y vaciar la mochila era a mi. No sé que habrán estado buscando (¿$?). Superado el mal trago, nos esperaba el caribe, pero el caribe de verdad, ese que tu cerebro representa en imágenes de palmeras, arena blanca y aguas transparentes cada vez que escuchás o leés "CARIBE".

Marca registrada de las paredes Venezolanas.

Algún río por el Páramo La Culata.

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