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lunes, 15 de julio de 2013

Veo Veo: Sonrisas del Amazonas

Ya llevaba seis días de navegación a través del Río Amazonas para llegar desde Santarém hasta Tabatinga y entrar a Colombia. Durante todos estos días me pasaba la mayor parte de las horas de sol sentado en la proa, escrutando de punta a punta y minuciosamente todo lo que veía. Las casas ahí, en la selva, en el medio de la nada, los delfines, los cielos, los árboles, las estrellas, los tucanes... la gente. Ante la imposibilidad de bajarme del barco a toquetear todo o preguntar cosas que quería saber a ellos que ahí viven, en esas casas sobre palotes en el agua, me dedicaba a mirarlos. Agarraba la cámara, aprovecha el zoom de 42X y les investigaba las caras, las casas, las ropas, las lanchas, los botes, los niños y todo lo (poco) que tenían al rededor. Intentaba imaginarme a mí mismo viviendo ahí, haciendo las cosas que ellos hacen con las cosas con que las hacen. Intentaba imaginarme una vida sin asfalto, sin cemento, sin autos, sin motos, sin internet!! Y sin duda pensaba en los chicos, y los miraba y de cierto modo me veía a mi, por que yo me críe afuera, jugando a la pelota, a las escondidas, en los juegos de la plaza. Y ahí estaban ellos, jugando con los árboles, con el agua y a veces una pelota. Y un día vi lo que quería ver. Vi las sonrisas más sonrisas que he visto jamás en un niño. Y quiero ponerlos en contexto: en el exacto centro de la selva Amazónica, la más grande del mundo, vive gente y vive sonriendo.




























viernes, 12 de julio de 2013

Cartagena, pero de noche

A ver... ¿dónde me había quedado? Ahhh sí! Habíamos llegado a Bogotá y estábamos en el plan de llegar a la costa para mi cumpleaños.
Bogotá no nos resultó muy productivo. Es que mas que pasear por los lugares típicos y aprovechar el tiempo para ponerse al día con amigos, la ciudad no cuenta con demasiadas cosas por explorar. Si bien los recitales, fiestas, ferias y esas cosas están presentes. Creo que lo mejor está en los alrededores de Bogotá, ir a pueblitos, lagos, montañas, cosas para las que se necesita otro tiempo y otro presupuesto. Así que, lisa y llanamente, nos dedicamos a vaguear con nuestro amigo Mauricio y disfrutar de la buena atención familiar colombiana.