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martes, 2 de abril de 2013

Carioca Adventures

Me desbordaba la alegría por haber comprobado, mediante la propia experiencia, que la bondad y la solidaridad humana siguen vivas, y contra todos los pronósticos, en Brasil también.
Primero fue Igor, motorista do camiao de 26 años que, esforzándose mucho para leer mi cartelito estrategicamente escrito en inglés que decía "Any distance to Río Janeiro", se detuvo y me llevó casi unos 300km (de un viaje de 800). Después apareció Christiano, de 35 años, que toma 10 pastillas por día para combatir la depresión, que lo ponen hiperactivo mientras maneja, en soledad, un camión de 28mts de largo y varias toneladas de peso (y hay quienes piensan que uno está loco por no tener un trabajo y una vida sedentaria en una ciudad).

Bajé antes de ingresar a los suburbios de Sao Paulo, en un posto do combustível muy grande, dónde pasé tres horas de charla y espera con los motoristas. En eso, Alex, que me vio varias veces vagando entre los camiones, cargando con mi pesada mochila, me invitó a cenar con él y su esposa. Me regalaron su grata compañía y solidaridad, más una docena de pastel de carne y queijo (empanadas) y un litro y medio de Coca Cola por si acaso tenía que pasar la noche ahí.
Cuando eran casi las 22 horas y me había resignado a tener que esperar hasta el día siguiente para seguir pegando carona (haciendo dedo), vi llegar a un camión que elegí como último intento de continuar viaje. Resultó que André efectivamente viajaba hacia Río de Janeiro, y planeaba llegar bien temprano al otro día.
Viajamos casi toda la noche a una velocidad frenética y aterrorizante. Yo peleaba contra el sueño para no dormirme y seguir hablándole a él, que mientras más aceleraba, más dormido se quedaba (el miedo al peligro me recordó que vivo mi vida con intensidad y que quizás no están tan equivocados esos que me dicen que siempre hay alguien que me cuida). Hasta que por fin decidió parar a dormir. Bajé del camión y tiré mi aislante en la gomería de la estación de servicio, dónde caí en profundo sueño hasta que, tres horas después, Alex me despertó para seguir viaje.
Llegar a Río por tierra es increíble. Parece que uno se va metiendo hacia lo mas primitivo de una selva espesa durante varios kilómetros de ruta. Lamentablemente el cansancio me ganó esta vez y me dormí para despertar recién cuando ya estaba dentro de los suburbios de la capital brasileña.
Tomé un bus y un metro y llegué a Ipanema, dónde fui directamente al hostel mas barato, mugriento y lleno de gente muy buena onda que hay en todo Río. Piratas de Ipanema, el hostel recomendado.

En todos lados te van a decir que caminar hacia el Corcovado (el cristo) es imposible, o muy difícil, o muy largo o muy duro, no importa con qué argumentos, pero van a tratar de desalentarlos a caminar por que quieren ganar comisión vendiendo los viajes en tren o vans.
Solo es una hora y media de caminata por la ruta que siguen las vans. Fuimos siete, tres chicas francesas, un chico francés, un mexicano, mi amigo el italiano, y yo (no se por que, pero amo el recuento de las diferentes nacionalidades). Cuando llegamos intentamos, por las buenas, conseguir algún descuento (30 Reales la entrada por ser feriado y nosotros todos viajantes de presupuesto limitado). Viendo que por las buenas no daba resultado, decidí buscar la infaltable "puerta trasera" siempre disponible en estos lugares apestados de turistas. Y la encontramos, pasamos el francés y yo saltando una puerta sin vigilancia alguna. Pero se dieron cuenta y fueron a vigilar, aunque ya estábamos bien metidos entre la multitud. Tarde, pero por las buenas dio resultado y las tres francesas consiguieron que les regalen tres tickets, por lo que de siete pagaron dos, que es un gran descuento. (Fotos esta vez no, sólo en mi feisbuc personal )

Río de Janeiro, adorable, no se pierdan de conocerlo algún día.

Con Alessandro, mi nuevo compañero de viaje italiano, decidimos venir a Sao Paulo el sábado por la noche, para llegar el Domingo al festival Lollapalooza y poder ver a Pearl Jam. Fuimos a la rodoviaria (terminal de buses) de Río con la idea de conseguir, por las buenas, un descuento en el boleto. Pasar de largo las ventanillas de venta y encarar al motorista con una gran sonrisa explicándole que no tenemos 75 reales para pagar cada boleto, pero sí tenemos 30 reales cada uno para que él le compre algo bonito a su mujer o sus hijos. El primero dijo que no, pero el segundo estaba mas dispuesto a ser sobornado, así que acá estamos.

Domingo, después de tanto y tanto mentir y llorar para conseguir descuento en las entradas (o entradas gratis, ¿por que no?), esperamos a que Pearl Jam tocara uno o dos temas pensando que para ese entonces los precios estarían mas amoldados a nuestros bolsillos, por que siempre mejor que revenderlos baratos a que llevarlos de vuelta a casa. Y de tanto mentir, envenenamos nuestro karma. Efectivamente, los conseguimos baratos, tan baratos que debimos haber sospechado algo. Así que corrimos maratónicamente hacia la entrada, ante cada control levantando nuestras entradas como si fueran la antorcha olímpica llegando temprano a Río 2016 y recibiendo el aliento de todos los controladores "Vai, vai que já é tarde". Inolvidable.

Entre tanto, nos hospedó Fabricio, un amigo de mi primo Diego, que acaba de volver de un viaje de un año y pico en bicicleta por sudamérica. El departamento es pequeño, pero el corazón muy grande. Fabricio vive con su novia, y también está hospedando a Ricardo e Isabel, una pareja de Portugal, que sumados a Alessandro y a mi, hacen de un dos ambientes una casa con mucha buena onda, mucha hospitalidad, y mucho amor para seis personas que tienen muchos viajes que compartir.

Hasta la próxima.

1 comentario:

  1. Ahhh... a ese tano lo conozco!
    Es chico el mundo, Facundo...
    ; )

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