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miércoles, 24 de abril de 2013

Amazonas Parte 2: Cuiabá - Santarém


El sábado después del mediodía llegué a Cuiabá. Recién terminaba de llover así que por suerte el calor no era problema. Pero problema fue que cuando fui a la parada del bondi para esperar por uno que me lleve hasta el centro, dos garotos se acercaron curiosamente con la intensión de robarme todo lo que tenía.  Safé, por suerte,  sin más que unos minutos de susto durante los cuales pude preservar la calma, mi integridad física y humana y mis pertenencias. Entonces me tomé el bondi y pedí bajar en la plaza central. Sin mucho preámbulo, Cuiabá es horrible, hasta ahora la ciudad más fea, descuidad y sucia que he conocido.
Un taxista y me indica el hotel más cercano y barato posible. El dueño del hotel, a pesar de no querer hacer ningún descuento, me lleva al mercado a comprar algo de frutas y me invita a tomar un café y algo para comer. Esa misma noche envió una solicitud de CouchSurfing que Bruna responde enseguida diciendo que al otro día, Domingo, apenas me levante vaya para su casa, me da su número de teléfono y un punto de referencia a dónde llegar cerca de su casa.
Domingo, me voy para la casa de Bruna. Genial, después de una entrada áspera en la ciudad un poco de compañía (mejor si era femenina) no me venía mal. Llego al punto de referencia que me había dado y la llamo. Celular apagado. Espero dos horas desde las 11am hasta las 13pm debajo de un calor de esos que parten la tierra. Varias veces más intento llamarla: nada. Me vuelvo para el centro al único hostel para mochileros que pude encontrar. Le envío un mensaje a Bruna comentando lo que sucedió y espero dos días para tener noticias sobre ella. Dos días después, nada. Solo respondió, indignada, cinco minutos después de que le dejé una referencia negativa el Lunes por la noche.
Mientras tanto, necesitaba comprarme un nuevo pantalón, repelente, gas, algunos medicamentos contra la malaria (solo por prevención). Cuiabá, capital del estado de Mato Grosso, 1 millón y medio de habitantes, punto de partida para el pantanal más grande de América, no tiene, por ningún lado, la clase de pantalón que necesito. No existe. Tampoco medicamentos anti malaria.
La buena: cuando ya tenía dos días solo en la ciudad, que tiene muchas cosas menos pantalones y turistas, aparece en el hostel una pareja de neozelandeses super buena onda que me alegran el día, la última noche y la mañana antes de partir.



Martes, armo mochila y me voy para dónde Lao me había dicho que me esperaba para llevarme 700 km en dirección a Santarém. Llego y me dice que no puede salir ese día, pero que si quiero me invita a quedarme en su casa y al otro día salimos. Perfecto, no tengo ningún apuro y si puedo conocer un pueblo más y una familia mucho mejor. Así que ese día vamos hasta Nova Mutum, el pueblo dónde vive Lao, 300 km al norte de Cuiabá. Pasamos, la tarde y la noche conversando sobre los viajes, sobre Brasil, sus hijos, el futuro, etc. El miércoles almorzamos una lasagna memorable y seguimos viaje. 

Lao y familia


A la noche llegamos a Nova Santa Helena, dónde tiro mi carpa y me dispongo a pasar la noche. Rato mas tarde llegan unas personas haciendo mucho barullo. Son indigentes que duermen muy cerquita de dónde puse mi carpa, están algo pasados de copas y quieren saber si esa carpa es un regalo para ellos o si hay algún boludo metido adentro. Comprueban lo segundo y después de conversar un poco, aunque no tendí  ni una sola palabra de lo que dijeron, se fueron a dormir. Jueves seis y media de la mañana ya estoy en la ruta con un cartelito. Por primera vez no es un camión el que me lleva, es un auto que va 200 km al norte, hasta Peixoto de Azevedo. Y luego otro auto más hasta Matupá y otro hasta Guarantá Do Norte y ahí, después de pedirme varias veces veinte reales, que no tengo, otro auto me deja en Cachimbo.
En Cachimbo para Leandro, un camionero que ya es la tercera vez que me ve tratando de pegar carona (hacer dedo) y resuelve que si llegué hasta acá no debo ser tan malo, entonces me lleva hasta Novo Progresso.  Llego muy tarde para seguir haciendo dedo, porque si los brasileros tienen miedo de día, de noche ni se imaginan. Necesitaba una ducha, el calor de estas tierras me obligaba, pero no iba a pagar por las duchas de la estación de servicio. No muy lejos veo una iglesia evangélica y decido que quiero investigar que tan gentiles son los que portan la palabra de Deus. Me acerco disimulando, como perro que volteó la olla, y Ramón (el indio hereje), conserje de la iglesia, que estaba limpiando después de la misa, me mira raro, me pregunta de dónde soy, y si necesito agua y tal vez algo de comer, a lo que respondo que si, y añado que si tal vez tiene un lugar dónde pueda dormir y tal vez bañarme, me vendría muy bien. Ramón me invita a su rancho, que está atrás de la iglesia, cenamos, me baño, salimos a pasear por el pueblo, me cuenta de las penas y las pocas buenas del lugar  y me dice que al día siguiente el pastor tiene que viajar a Itaituba y que seguro me puede llevar. Ramón, que además de conserje, enseña a leer y a escribir en un barrio de Novo Progresso que está lejos de las escuelas y lejos del progreso, me dice que trabaja en la iglesia por que le da casa y comida, pero sabe que Deus que no tiene tiempo en su agenda para estos lugares.
Al otro día me levanto, desayunamos, lo ayudo a arreglar unos bancos y una repisa, almorzamos y viene el pastor Aguinaldo (si!! Se llama Aguinaldo), conversamos un buen rato en el que se muestra como el tipo más simpático y bondadoso del mundo y me llena de preguntas y de la gracia de Deus.
La ruta es la peor que transité en mi vida. Pensaba que era aquella que va desde Oruro hasta La Paz, en Bolivia, pero esta le gana sin duda alguna. La temporada de lluvias, que debió terminar hace casi 1 mes, no quiere terminar y son 350 km de barro y piedras en los que, en la mayoría de los tramos, la camioneta no supera los 50kmh. Vamos con la esposa de Aguinaldo, de 18 años y su prima de 19. Las lleva a Itaituba a ver a la madre de la segunda, que está internada. Las chicas poco y nada dicen en todo el viaje y el pastor, cuando estamos entrando a la ciudad, se disculpa y me pide que me baje por que tiene miedo de que si lo ven con un “gringo” en la camioneta le quieran robar. Le agradezco, agarro mi mochila y me bajo. Camino unos 3km hasta un control policial, pregunto en dónde está la Rodoviaria (terminal) y me llevan hasta la allá (milagro)

Llueve que da calambre, esta noche sale un colectivo a Santarém.

Una vez que compré el pasaje, tenía unas cuantas horas de espera y en eso de andar vagando por ahí me puse a charlar con el muchacho que trabaja en los baños de la terminal. Charla va, charla viene, me ofrece su moto para dar una vuelta. Doy una vuelta, todo fenómeno, una moto hermosa. Seguimos de charla, me invita un café, me pregunta sobre mi país y los que conocí, me cuenta de su fanatismo por las motos y el motocross. A falta de diez minutos de la salida del bondi me convence de una última vuelta en la moto. Pero ahora ya es bien de noche. Hago dos cuadras pisteando como un champión, pero termino en una zanja de un metro y medio que cortaba la calle y no tenía prevención alguna. La moto arranca, pero no anda. Vuelvo como puedo, con el casco y la llave en la mano. El bondi se va, le explico rápido, le pido disculpas, por que vaya a saber Deus en qué estado quedó la moto,  y con un engrudo de tierra y sangre en la rodilla me subo al bondi y me voy. El pantalón, que venía maltrecho, pero aguantando, me dijo basta.

Hasta la próxima.

1 comentario:

  1. Jajajaja, y bueno, otro tramo lleno de anecdotas. que seria de las buenas sin las malas para hacerles de contraste ? Pobre el loco de la moto, jajaja. Suerte facu!

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