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sábado, 9 de marzo de 2013

Ayahuasca

Dejando de lado las reflexiones sobre los modos y los porque, que seguro ya leíste en ¿Se puede ser parte?, les cuento mi experiencia.

El día después de la Malicahua... pffff, lo dormí todo, recuperando energías para la Ayahuasca.
Desde las 11 o 12 de la mañana, Marcos y su hijo estuvieron cocinando la mezcla de raíces y hojas. A las 7 de la tarde cuando caía el sol y se despertaba la selva, me acerqué al cobertizo dónde ardía el fuego para conversar con ellos esperando la hora apropiada para comenzar con el ritual.

Tenía una sensación de estar profundamente conectado con todo lo que me rodeaba. Todavía estaba muy a flor de piel todo lo del día anterior y estaba en una paz que nunca antes había sentido. No tenía los miedos ni los nervios comunes por saber que podía descomponerme, vomitar, defecar, etc.
Tenía una tranquilidad muy parecida a esa que se siente cuando vas a una playa patagónica a escuchar el viento y mirar el mar alborotado.



Marcos empezó el ritual con cantos y oraciones, echándome en la cara el humo de su tabaco y zarandeándome un racimo de hojas desde la cabeza hasta los pies. Me acercó un vaso con agua y una taza de madera con la Ayahuasca y me sugirió que la tomara bien rápido y sin respirar.
Es el sabor mas fuerte, amargo, horrible y asqueroso que jamas sentí en toda mi vida. El vaso con agua era para hacer buches y tratar de sacarse el mal sabor, aunque no dio mucho resultado.
Mas de cuarenta y cinco minutos después, extrañado de que aún no tuviera efectos, me ofreció media medida más, que sin dudar me tomé.
Otros treinta minutos mas tardes, a falta de efecto alguno, media medida mas y a dormir, asegurándome que durante la noche iba a despertar cuando comenzara "el viaje".
Y así fue, me despertó un zumbido estremecedor, para el que la descripción mas exacta que encuentro, es emular el sonido de una carrera de fórmula uno, pero adentro de mi cerebro. Ese zumbido fue lo más fuerte y constante mientras duró el efecto.
Acto seguido empezó a desfilar ante mi un caleidoscopio de colores mas brillantes que el oro (que nunca vi) en una especie de danza o coreografía con la gracia con que se mueven las burbujas sopladas al viento.
Después siguió un túnel espiralado por el que llegaban, se detenían, se mostraban y se iban decenas de figuras e imágenes de animales, muñecos, máscaras, y cosas que jamás había visto. De todas esas, la que sobresale es un hombre pequeño, descalzo, de pantalón blanco, torso desnuda y una mascara estilo tótem, que pone una rodilla en tierra, y mientras en una mano sostiene algo que no se bien si era un bebé vivo o un bebé muñeco, con la otra hace ademán de apuñalarlo con un cuchillo grandote y de mango blanco, aunque jamás lo tocó.
Encontré algunas personas, escuché que me hablaban en idiomas que no entendía, el zumbido seguía, y entre mas desfile de imágenes y cosas, el efecto fue mermando. Y no considero que haya sido poco, sabiendo bien que la planta decide cuánto te muestra y hasta dónde te deja llegar.
La interpretación de todo eso me lo reservo.
Las vomitadas y todo lo demás, también, no creo que les agrade mucho.

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